sábado, 20 de noviembre de 2010
Momentos estelares de la humanidad: Alfa y Omega
El tipo en el centro de la foto se llama Matt Berninger y es la voz de The National. Escucharle cantar cosas como Runaway o Vanderlyle Crybaby Geeks -canciones con las que, respectivamente, todo empezó y terminó- es algo que hasta puede ser calificado de emocionante. O, al menos, así nos lo pareció el miércoles cuando les vimos tocar en directo aquí en Colonia.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Angustia existencial

No te preocupes, vas a ponerte de moda
De Moda- Los Punsetes
Existen ciertos anuncios que crean dudas que acaban conduciendo a la más pura angustia existencial. En los referidos a nuestra salud dental (dentífricos, pastas de dientes, etc.) existe la costumbre de decir que siete u ocho de cada diez dentistas avalan un producto en cuestión. ¿Qué pasó con los otros dos o tres que no recomiendan el consumo del bien en cuestión?
Similar duda me surgió siempre con los anuncios gastronómicos. Cierta marca de dulces -Lindt- presumía de sus maestros artesanos chocolateros, que velaban por la buena calidad de las tabletas que llegan a nuestras manos. El simple hecho de imaginarse a unos paisanos tal y como aparecían en el anuncio, revisando las tabletas una a una y comprobando que estuvieran pefectamente confeccionadas, resulta bastante risible si se tiene en cuenta que la marca en cuestión produce en cantidades industriales y que semejante comprobación sería imposible sin un ejército de expertos maestros chocolateros. En mi imaginación, dí por descontado que los tales señores no existían y que sólo eran parte del mundo de la publicidad.
Ayer se celebró en Colonia la Noche de los museos. Se inspira levemente en la Noche en Blanco de Madrid. Sin embargo, como la de aquí tiene lugar en noviembre y hace frío, la mayor parte de las actividades se lleva a cabo bajo techo. Si se pagaba 15€, se podía visitar cualquiera de los 43 museos que estaban disponibles.
Como en el año y pico que llevo aquí todavía no había visitado el museo del chocolate, nos decidimos a ir. No me llamó excesivamente la atención lo expuesto en él. Ni esa especie de jungla artificial que hay en su interior en la que se han esforzado en recrear la humedad, donde uno tiene la sensación de que en cualquier momento aparecerá y Wonka. Tampoco la fuente de chocolate en la que había dos mujeres que sumergían barquillos y los daban a los visitantes -sí, acudí tres veces a que me surtieran-. Lo que de verdad me sorprendió fue que, en el piso de arriba, había dos señores cuya edad superaba claramente los cincuenta años, ataviados con mandiles blancos y que se esforzaban en comprobar que cada bombón cumpliera los requisitos de calidad ¿Son estos señores los maestros artesanos chocolateros de Lindt?¿Eran por el contrario unos actores secundarios contratados para que la masa que visitó el museo del chocolate anoche creyese que los tales maestros existen?¿Tiene que ver que Lindt sea uno de los socios del museo? Pura angustia existencial.
martes, 2 de noviembre de 2010
Winter (casi)
Tras el cambio horario, quedan aproximadamente dos semanas para que el invierno llegue. Volverán a aparecer esas estupendas costumbres alemanas de dejar las ventanas de las clases abiertas de par en par durante tiempo prolongado, pese a que afuera los termómetros marcan números negativos. Todo esto con la calefacción puesta, para juntar en un momento estelar de la humanidad el riesgo de morir congelado con la ecología.
Aprovechando que ahora todos los arboles están perdiendo las hojas y se encuentran en un tono amarillo-rojizo, hemos ido a uno de los dos cinturones verdes de Colonia que se encuentran a la orilla izquierda del Rin. Concretamente, al que separa la ciudad de otros municipios.
Nota Marginal: He intentado poner un link a youtube de la canción arriba mencionada. No obstante, Alemania es un país donde está permitido conducir a 260 km/h por una autovía pero, en lo relativo a la derechos de propiedad intelectual en internet, hay una restricción mayor de lo que Ramoncín y Teddy Bautista soñarían en mil vidas. Así, es imposible acceder aquí a más de la mitad de los vídeos que se pueden ver en España.
Las fotos son del mencionado paseo.
martes, 12 de octubre de 2010
Lo posible

San Pablo (2 Cor 12, 7-10)
A aquellos como yo, que todavía no hemos estado allí, Sudamérica nos puede llegar a parece un continente donde todo es posible: 33 mineros que sobreviven bajo tierra durante varios meses, la muerte de un terrorista poniendo un GPS en sus botas, la captura de otro a través de los restos de medicamento utilizado contra la psoriasis, dar lugar a varios premios nóbeles, estupendos futbolistas que son capaces de meter en el mismo partido un gol con la mano y otro que será el más recordado del siglo XX y un largo etcétera. Leyendo titulares de periódicos, no sorprende tanto el realismo mágico.
Ingrid Betancourt estuvo seis años y cuatro meses secuestrada, con una cadena al cuello, en algún punto de la selva colombiana. Cabe pensar que, sobrevivir a aquello, sólo es posible en Suramérica. Cierto o no, dos años después de su liberación ha escrito un libro en el que narra cómo fue su vivencia y que se ha colocado entre lo más leído en Francia. Teniendo en cuenta que este año me he planteado meterme más en el mundo alemán y disfrutar más de lo que Colonia ofrece, decidí ir a Mayersche -librería/centro comercial-, lugar donde hoy ha estado ella presentando su recién publicada novela.
La presentación corrió a cargo de Martina Gedeck, la actriz principal de La vida de los otros o Deliciosa Marta, que se encargó de leer un capítulo donde Betancourt describe brevemente su situación como prisionera y un intento fracasado de huída. Posteriormente, la propia Ingrid respondió en inglés a preguntas que un moderador le hizo. Llama la atención su voz suave, que, según ella misma, le cambió tras el secuestro. Conforme a sus palabras, fue la propia dificultad para contar oralmente la que le condujo a escribir, aunque hay episodios que prefiere evitar. Con citas a San Pablo para explicarlo, lo que le mantuvo con vida espiritual durante su cautiverio fue el amor, los buenos recuerdos sobre su juventud y, sobre todo, la creencia en Dios.
En realidad, no tenía tanto interés por la obra literaria en sí (ni me compré el libro). Más bien, fue el respeto que impone cuando habla lo que me movió para ir a verla. Aunque sólo sea por ello -aún no compartiendo ni todas sus opiniones ni sus últimos actos, como demandar al Estado colombiano por su secuestro-, merece la pena ser escuchada.
viernes, 8 de octubre de 2010
Caramelo amargo

Pregunta: Más allá de 2014, ¿cómo se ve? Ha citado antes el restaurante Mibu...
Ferrán Adriá: Sí, ésa podría ser una solución para cuando ya todos estos proyectos vayan solos. Servir cada día una mesa de ocho personas, con otras seis en la cocina. Una dimensión humana para la jubilación.
Entrevista a Ferrán Adriá en El País Semanal. Domingo 14 de febrero, 2010.
"Empezamos a hacerlo porque estábamos borrachos". Así explicó mi excompañera francesa de piso la apuesta que mantuvo con su novio. Consistía en preparar para ellos mismos una serie de platos a lo largo de un mes. Por ejemplo, se retaban un domingo y preparaban Quiches. Quien perdiese, pagaría las vacaciones de verano. Como aquella conjución planetaria de amor y gastronomía podía salir excesivamente cara a una de las dos partes de la pareja, decidieron suspenderla. Eso sí, cuando aún estuvo en vigor, yo hice de conejillo de indias de la francesa y me tocó dictaminar si el tomate cherry era mejor que el de toda la vida, o si una cebolla cortada en trocitos diminutos potenciaba el sabor.
El día antes de abandonar definitivamente aquella casa y mudarme a un piso mucho más cercano a la universidad de Colonia, decidimos hacer una cena de despedida. Invité a la francesa y a un amigo suyo del sitio donde vivíamos. Como no quería complicarme excesivamente la vida y el tipical spanish, al menos en lo gastronómico, todavía vende lo suyo, decidí preparar dos tortillas de patata. Una clásica y la otra, siguiendo una receta de El cocinero fiel, colocando en el medio una bola de ese queso tan aburrido como vanagloriado llamado mozarella. Tal y como estaba previsto, el queso se fundió y la receta salió de forma más o menos digna.
Desde del año pasado me he ido aficionando a los blogs de cocina. Hay algunos como Falsarius Chef, con recetas tan fáciles como idóneas para exceder en un sólo día todas las calorías que se deberían tomar en un año. Otro, ya mencionado en anterior post, es el Comidista. Precisamente en este último, hay una sección llamada Desastres en la cocina, destinado a narrar todas esas experiencias lamentables entre los fogones.
De los desastres en la cocina recogidos en el citado blog, se suele extraer un punto común; muchos de ellos ocurren la primera vez que se prepara un plato, causados por la inexperiencia. En la cena de despedida, si yo me encargué de la tortilla de patata, la francesa y su amigo decidieron hacer el postre. Y se atrevieron con algo bastante galo, como la Ile flottante. Quién diría que de un postre tan dulce podría haber producido daños tan severos.
El caramelo líquido fue el culpable de todo. En primer lugar, la mezca de azúcar y agua tardó muchísimo más de lo debido en transformarse en caramelo. Posteriormente, cuando finalmente lo hizo, se solidificó rapidísimamente, quedándose totalmente adherida a la cazuela y a la encimera de la cocina. La francesa se puso nerviosa y se dedicó a rascar la cacerola. Aquel pegote dulce era imposible de eliminar con cualquier aparato. Sólo cuando se les ocurrió volver a ponerlo a hervir y diluírlo con más agua, la cosa pareció ir a mejor. Fue entonces cuando ella preguntó a su amigo: ça marche? ça marche? Y sí, al final se marchó, aunque tuvieron que tirarlo por la ventana para contemplar su final definitivo. Lo poco que se salvó, se destinó a la ile flottante. Y así acabó mi vida gastronómica de la Hahnenstrasse, con una parte del postre deshaciéndose en mi boca, y la otra yendo a parar lo más profundo de las entrañas del subsuelo alemán.
sábado, 18 de septiembre de 2010
Cosas incorruptibles

Pero el tren no había pasado aún de Sydenham cuando Picaporte dio un verdadero grito de desesperación.-¿Qué es eso?- Preguntó mister Fogg. -Que... en mi precipitación... en mi turbación... he olvidado...-¿Qué? -¡Apagar el gas de mi cuarto! -Pues bien, muchacho- respondió fríamente mister Fogg-, seguirá por cuenta vuestra.
Fragmento de "La vuelta al mundo en ochenta días"
El hacer la maleta en el último momento conlleva riesgos evidentes. Cuando volví a Alemania tras haber pasado en Valladolid las vacaciones de Navidad, me olvidé los apuntes y libros del curso de alemán del que, tres semanas después, me examinaría. Afortunadamente, mi Santa Madre se sacó de la manga -al parecer, existe- un convenio de una empresa de transportes con la Universidad de Valladolid mediante el cual, se mandaban gratuítamente libros y documentos a otra universidad en el extranjero, siempre y cuando no superasen los dos kilogramos. Lo cierto es que, unos diez días después de mi olvido, una señora alemana me llamó al teléfono diciéndome que tenía un paquete en la oficina de correos de la Universidad de Colonia.
Al llegar a la oficina para recogerlo, me señaló que ellos no trabajaban para los alumnos y que el despacho estaba sólo establecido para los envíos postales de profesores y personal administrativo. Poniendo una sonrisa babosilla, le dije el más clásico de todos los clásicos: "Entschuldigung, ich bin Erasmus-Student" (Lo siento, soy erasmus. Hasta hay un grupo en Facebook que se llama así). Por hastiazgo o compasión, accedió finalmente a darme el paquete a mi nombre. El miedo a que la señora se quedase con los futuros envíos postales me hizo no volver a utilizar ese sistema nunca más.
No fue mucho mejor cuando volví a España en verano. Los últimos días en Alemania de mi anterior erasmus estuve contínuamente haciendo cosas: recibir muebles de cara a la casa en la que viviré desde octubre, despedirme de la gente, hacer mis maletas, limpiar, tirar algún tomate o cebolla a la basura que no sobreviviría a mi retorno, burocracia, etc. Conforme con este ritmo de vida, perdí varios kilos de peso y no dormí demasiado durante una semana.
Hacia mediados de agosto, leyendo tranquilamente el periódico en Valladolid y haciendo repaso mental de la cantidad de cosas que tendría que hacer a mi regreso a Colonia, me dí cuenta de algo que había sobrevivido a la limpieza total de los últimos días en Alemania. Si bien me acordé de tirar las cebollas y tomates a la basura, me olvidé completamente de un paquete de pan de molde del Lidl y, si no me equivocaba, debería estar enmoheciendo a ritmos alocados en mi estantería de la cocina. ¿Mutaría el pan del Lidl en un hongo tan grande como para acabar con la Hahnenstrasse?
Sally Davies tenía la respuesta a un caso similar al mío. Según el blog el comidista, ella es una fotógrafa neoyorquina que tomó una instantánea de un Happy Meal 137 días después de haberlo comprado. La cosa -por llamarlo de alguna forma- permanecía en el mismo estado en el que se había adquirido. Es decir, sin ningún atisbo de la putrefacción normal a la que cualquier alimento normal se debería ver sometida.
Estado en que se encuentra el pan a día de hoy. Un mes y veinte días después de su caducidad.
Hoy he vuelto a Colonia. He podido comprobar que el pan de molde del Lidl, pese a caducar -en teoría- el 28 de julio, se mantiene tan inmaculado como el primer día. ¿Confiarían ustedes para su alimentación en un supermercado en cuyos plátanos aparece cocaína y que sus panes no se pudren con el paso del tiempo? Señores del ministerio o institución que sea: o me dan una beca para el curso que va a empezar, o creo que me voy a pasar al Aldi.
viernes, 17 de septiembre de 2010
Momentos estelares de la humanidad: No pasarán

„Solche dramatisch geballten, solche schicksalsträchtigen Stunden, in denen eine zeitüberdauernde Entscheidung auf ein einziges Datum, eine einzige Stunde und oft nur eine Minute zusammengedrängt ist, sind selten im Leben eines Einzelnen und selten im Laufe der Geschichte"
Cuando el 22 de febrero de 1942 Stefan Zweig se suicidió en Brasil junto a su mujer, lo hizo con una enorme desesperación por la destrucción a la que estaba sumida Europa. Había abandonado ya su Austria natal en 1934 al ver que las ideas de los nazis iban cuajando. La fecha de su muerte coincidió con uno de las derrotas más estrepitosas para Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial; la pérdida de Singapur a manos de los japoneses. En este contexto de incertidumbre y avance del absolutismo en el campo de batalla, decidió quitarse la vida.
Como legado literario, dejó grandes relatos del siglo XX: "Novela de ajedrez", "Carta de una desconocida", "24 horas en la vida de una mujer", etc. Tras su lectura, uno no se sorprende tanto de su suicidio al ver el poso de amargura que en todas ellas subyace. De su obra, los "Momentos estelares de la humanidad" son lo mejor. Catorce relatos compilados en una novela, donde el lector disfruta de la pérdida de Bizancio, la decisión errónea que hace perder a Napoleón la batalla de Waterloo, la lucha por el polo Sur o el fracaso de Woodrow Wilson.
¿Qué decide que un determinado acontecimiento sea elevado a un momento estelar de la humanidad? Según palabras del propio autor (véase arriba en alemán): "suelen ser momentos dramáticamente concentrados, preñados de fatalidad, en los que una decisión destinada a persistir a lo largo de los tiempos se comprime en una única fecha, en una única hora y a menudo en un solo minuto, son raros en la vida del individuo y en la el curso de la Historia". La creación de la marsellesa, uno de los mejores relatos de esa novela, reúne todos los ingredientes al haberse compuesto en muy breve espacio de tiempo, ante un episodio trágico como la guerra contra el ejército del Rin y haber logrado llegar hasta nuestros tiempos.
De esta manera, en un perfecto ejercicio de subsunción de lo anterior, no sería excesivamente arriesgado calificar como momento estelar la terrible y definitiva decisión de cuántas capas de ropa ha de ponerse uno encima para no tener problemas con los 15kgs que únicamente deja facturar Ryanair y burlar su ¡No pasarán (con sobrepeso)! particular. Mañana, fatalidad y persistencia en un sólo instante tan único como Waterloo en el aeropuerto de Valladolid.
